domingo, 27 de abril de 2014

Juan Pablo II fue apuñalado en 1982

El Papa Juan Pablo II fue apuñalado por un sacerdote español en 1982


Karol Józef Wojtyla, conocido como el papa Juan Pablo II en la jerarquía de la Iglesia Católica (1978-2005), no sólo sobrevivió al magnicidio frustrado del que fue objeto en 1981, sino que, un año después, fue apuñalado por un sacerdote español, según revela su antiguo secretario personal en el documental Testimonio.




El 12 de mayo de 1982, el Papa visitó el santuario de Fátima, en Portugal, para dar gracias por haber sobrevivido a un intento de asesinato un año antes, el 13 de mayo de 1981, cuando el turco Mehmet Ali Agca le disparó en la plaza de San Pedro.

Un cura español ultra-conservador llamado Juan Fernández Krohn aprovechó la oportunidad para agredir al Papa con un puñal. El agresor fue reducido y arrestado pero el hecho de que el Pontífice había sido herido fue mantenido en secreto hasta ahora.

El hecho de que fuera herido, hasta ahora secreto, ha salido a la luz gracias al actual cardenal de Cracovia, el polaco Stanislaw Dziwisz, en cuyas memorias está basado el citado documental.

Dziwisz, quien fuera el colaborador más cercano de Wojtyla durante cerca de 40 años, también revela que el anterior Papa manifestó a su círculo íntimo su voluntad de no seguir viviendo en el momento en que fuera incapaz de pronunciar palabra.

El guión del documental, narrado por el actor británico Michael York, parte de las memorias de Dziwisz publicadas en 2007, aunque añade material inédito.




«No llegué a herir al Papa»




«Los agentes de Juan Pablo II me derribaron antes», declara en exclusiva a «Crónica» el ex sacerdote Fernández Krohn, localizado en Bruselas. El secretario del Papa fallecido dice que este español llegó a clavarle un cuchillo en Fátima, en 1982.








Creía haber pagado lo suficiente con los tres años y medio que pasó en una cárcel portuguesa. Pero a Juan Fernández Krohn le persigue su pasado de «cura que atentó contra el Papa Wojtyla en Fátima». Hasta ahora se creía que sin llegar a herirlo. Pero ahora, el que fuera su secretario durante más de 39 años, Stanislaw Dziwisz, revela que Juan Pablo II recibió una cuchillada que le hizo sangre. «Un montaje prefabricado, un infundio», se indigna el hoy ex sacerdote. Pero le apunta el dedo acusador de un cardenal. Y le persigue la «maldición de Fátima».

El 12 de mayo de 1982 Juan Pablo II visitaba Fátima para depositar, en la corona de la Virgen, la bala que le había disparado un año antes, en la Plaza de San Pedro, el turco Ali Agca. Como ofrenda por haberle salvado la vida. Y allí mismo, la Virgen volvió a salvarlo. El cura español Juan Fernández Krohn se abalanzó sobre él con un puñal. «Puedo revelar ahora que fue herido. Cuando lo llevamos de vuelta a su habitación, había sangre», asegura Dziwisz, cardenal de Cracovia.

Fernández Krohn, el acusado, lo desmiente categóricamente en declaraciones exclusivas a Crónica. «Estas pretendidas revelaciones del antiguo secretario de Juan Pablo II me suenan a un montaje prefabricado con objetivos bien precisos. No herí al Papa».

Lo argumenta así: «Los agentes encargados de la protección papal me derribaron. Justo a los pies del Papa, me sujetaron y me obligaron a seguir en su presencia, cara a cara. Mostraba adustez y dureza en el rostro, pero ni el menor síntoma de estar herido».

De aquel Juan vestido de sotana ya poco queda. Hoy, vive en Bruselas. O, mejor dicho, malvive. «Mi situación es muy precaria. Vivo en una estrechez casi total desde hace 22 años. Sin futuro y con las puertas cerradas. Tengo muchas carreras, pero de poco me han servido. Y eso que hice de todo. Desde contable a abogado, pasando por obrero agrícola o mecánico de bicicletas». No tiene trabajo y lleva dos años dedicado a hacer una tesis doctoral. Vive en una residencia universitaria para estudiantes, en la que no le cobran nada, pero mantiene la esperanza de salir adelante. «Espero que, con la tesis terminada y con el título de doctor, pueda encontrar un puesto de profesor en Bélgica o en España».

Su único consuelo es su hijo Niels Manuel. Tiene 18 años y, hasta ahora, ha vivido con su madre, que es belga flamenca. «Ya se ha independizado, está terminando el bachillerato y tiene la doble nacionalidad. Es un fenómeno y mi único sostén en medio de tantos sufrimientos».

Un vía crucis que comenzó hace más de cinco lustros, cuando la Justicia portuguesa le condenó a tres años y medio por intento de magnicidio. «Esa fue también la idea que me quedó hasta hoy, procurándome un gran alivio: que mi acto de protesta, de resonancia mundial, se saldase de forma incruenta».

Las crónicas de entonces contaban así el suceso: «Millones de personas han podido ver cómo la policía portuguesa sujetaba a un joven, vestido con sotana, que se resistía, mientras el Papa, vuelto hacia atrás, dirigiendo su mirada al lugar del tumulto y en silencio, daba su bendición. Se le oyó gritar: «Muera el comunismo y el Concilio Vaticano II»».

¿Qué es lo que busca, entonces, el cardenal Dziwisz, desvelando el misterio de Fátima 25 años después? Fernández Krohn responde: «Aparte de las intrigas vaticanas que se me escapan, el objetivo es desviar la atención de la opinión pública sobre la connivencia y el colaboracionismo con la policía comunista de altos jerarcas de Polonia y de la propia Curia romana durante los años del pontificado de Juan Pablo II».


EL ATAQUE A WOJTYLA

Fernández Krohn nació el 24 de junio de 1949 en el seno de una familia bien y profundamente católica del madrileño barrio de Argüelles. Tanto que su padre nunca le perdonó el atentado contra el Papa. «Nunca llegué a reconciliarme con mi difunto padre. Lo lloré mucho». Muy aficionado al deporte, fundamentalmente al atletismo, a los 17 años inicia la carrera de Económicas en la Universidad Complutense de Madrid. De carácter apasionado y afable, hace gala de un gran sentido del humor. Alto y de tez morena, se lleva a las chicas de calle.



Lo ordenó sacerdote el arzobispo Marcel Lefébvre en 1978. Su primera misa, celebrada en el hotel Meliá Castilla de Madrid, fue todo un acontecimiento social en la época. Con más de mil personas invitadas. Entre ellas, la hija de Franco. «La misa fue de rito tridentino, que estaba rigurosamente prohibido en España. Por eso, al día siguiente, en la Hoja del Lunes, el cardenal Tarancón, de triste memoria, sacó una nota de lo más virulenta», recuerda.

La llegada al solio pontificio de Juan Pablo II el 16 de octubre de 1978 hizo escorar todavía más a la Hermandad de Lefébvre. A su juicio, el Papa Wojtyla «era el candidato de la izquierda eclesial, para ganarse a la derecha». Decidió quitarlo de en medio o, al menos, darle otro susto (Alí Agca ya le había disparado al corazón). Enfundado en su sotana y con sus conexiones no le fue difícil acceder al altar del Papa. «Cuando llegó, estaba en primera fila y me abalancé sobre él, pero me sujetaron antes de que pudiera rozarlo».

—¿Por qué quiso matar al Papa?
—Fue un sacrificio por la salvación de la Iglesia, de España y de mis convicciones de católico español o de nacionalcatólico.
—¿Fue un acto de enajenación mental?
—No estoy loco.
—¿Se arrepiente?
—No me arrepiento de nada.
—¿Volvería a hacerlo?
—No, he evolucionado.
—¿Se siente pecador?
—Pecador sí, pero criminal nunca. Ni delincuente tampoco.
—¿Qué piensa de Ali Agca?
—Es anticristiano y antioccidental y ve al Papa como jefe de los cruzados. A pesar de ello, Juan Pablo II le perdonó. Algo que, en cambio, nunca hizo conmigo.

Detenido por los guardaespaldas del Papa, fue juzgado en Portugal. «En el juicio — aunque mi abogado y todo el mundo me aconsejaban que adujese enfermedad psiquiátrica— yo mantuve una estrategia suicida: asumí todo y me condené a mí mismo». Seis años y medio de cárcel por intento de asesinato y siete meses más por desacato. En la cárcel, abandonó el sacerdocio.

Tras cumplir la pena, «anduve deambulando por diversos países europeos y, al ver que no tenía salida alguna en la vida civil en España, me vine a Bélgica. Aquí, tuve una segunda juventud». Se casó por lo civil con una periodista portuguesa que había cubierto su caso.

La «maldición de Fátima» le persigue y en su recorrido vital florecen los problemas. En 1999, es acusado de intentar incendiar la sede de Herri Batasuna en Bruselas. Y en el año 2000, «con motivo de la visita del Rey a Bélgica protagonicé un acto de protesta, al que dio amplia cobertura la prensa española y, en especial EL MUNDO. Grité: «Rey Borbón, yo no maté al Papa, tú, en cambio, mataste a tu hermano».

La policía belga lo detuvo. «Me encerraron en la jaula de los locos furiosos. Con un comedero como el que tienen los animales en las cuadras en España. Denigrante».

Tras salir del psiquiátrico, Fernández Krohn le promete a su hijo que no volverá a meterse en líos. Y se dedica a buscar trabajo, sin encontrar demasiadas salidas. Eso sí, recibe «presiones y ofertas para que se convierta al protestantismo y al Islam. «No llegaron a ofrecerme dinero, pero sí solucionar mi vida y la de mi familia para siempre». La oferta del Islam le llegó a través del famoso escritor converso Roger Garaudy. No aceptó. «Soy de una familia cuyas raíces católicas se pierden en la noche de los tiempos. Tuve incluso mártires durante la guerra».

Cuando las aguas de su vida parecían calmarse, se encuentra de nuevo en el ojo del huracán. Porque en Roma, un cardenal ha resucitado su «maldición de Fátima». Una maldición «que me persigue, que pesa como una losa que está a punto de aplastarme de nuevo».






Juan María Fernández Krohn, el sacerdote integrista español de 33 años que el 12 de mayo de 1982 intentó asesinar al Papa en Fátima condenado ayer a siete años de cárcel. El tribunal de Vilanova de Ourem consideró a Fernández Krohn culpable de un crimen de homicidio con premeditación contra un jefe de Estado extranjero, y le atribuyó la condena de seis años y medio de prisión mayor.El tribunal dio por probado que únicamente la intervención de la policía portuguesa impidió a Krohn matar a Juan Pablo II. Por tenencia y utilización ilícita de un arma de guerra, una bayoneta de 37 centímetros de largo, Krohn fue castigado con otros diez meses de cárcel, quedando las condenas unificadas en una pena de seis años y medio.

Cuando oyó la sentencia, Juan María Fernández Krohn avanzó hacia el juez en actitud amenazadora y gritó: "No juzgasteis a los que derramaron sangre en África. No tenéis derecho a juzgarme. ¡Títeres, asesinos, comunistas!"

Los guardias le arrastraron a la fuerza fuera de la sala de audiencia. Este gesto culminaba una serie de actitudes de desafio adoptadas por Fernández Krohn desde el inicio del proceso, en octubre de 1982, y que contribuyeron a agravar su situación.



Sin atenuantes




Los motivos religiosos invocados por el joven cura integrista que fue discípulo del obispo rebelde francés Marcel Lefebvre, no fueron considerados como atenuantes. Su argumentación consiste en afirmar que en la cúspide de la Iglesia católica se ha inflitrado el mal, que hay que erradicar a toda costa.En una entrevista publicada por este diario el pasado otoño, el mismo día en el que comenzaba el primer juicio al que Fernández Krohn fue sometido, el sacerdote madrileño afirmó que "Karon Wojtyla es el resultado de un pacto entre el cardenal Wyszinski, de la Iglesia polaca, y el KGB".

Según Fernández Krohn, a quien los jueces enviaron entonces ante expertos en psiquiatría para determinar su grado de salud mental, tal pacto intentaba conciliar catolicismo y comunismo, en un intento que calificaba de "demoniaco".

En aquella ocasión, el sacerdote integrista madrileño aseguró que había intentado atravesar el corazón del Papa con una espada, para seguir las previsiones bíblicas.

En proceso sumarial celebrado hora y media después de la lectura de la primera sentencia, el Tribunal de Vilanova de Ourem condenó a Juan Fernández Krohn a siete meses de cárcel y 15.000 pesetas de multa por "insultos a magistrados en el ejercicio de sus funciones".

Fernández Kron llevaba ayer la misma sotana verde, cruzada en el pecho con una ancha banda roja, que vestía en la segunda audiencia, el 21 de abril último. Al entrar en la sala del tribunal y durante la lectura de la sentencia trató de erigirse en acusador de sus jueces. "No acepto estas sentencias. A los ojos de Nuestra Señora, madre de Dios, soy inocente", gritaba Krohn, dirigiéndose a los periodistas presentes en la sala del juicio.

Cuando quisieron llevarlo de nuevo delante de los jueces, amenazó con desnudarse en plena audiencia y empezó a quitarse la ropa en el calabozo del tribunal. El presidente decidió entonces prescindir de la presencia del acusado debido a "su comportamiento marcado por repetidas actitudes perturbadoras". El abogado que lo había defendido de la acusación de homicidio se negó a seguir haciéndolo, y hubo que nombrar a otro defensor de oficio.

Antes de subir al coche que lo llevó de nuevo para la cárcel de Lisboa, Fernández Krohn se dirigió por última vez a los periodistas y a un centenar de personas presentes gritando: "Viva Portugal católico, muera el 25 de abril, muera Roma".



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